Un domingo cualquiera decidí salir a rodar. Llamé a un amigo que vivía cerca — a ver si quería despejar la mente un rato, esa terapia que solo te da la moto. Él, sin consultarlo con su esposa, cayó en la tentación y aceptó. Quedamos de vernos en la portería de su edificio.
Llegué tarde, unos 15 minutos. Y esperé 30 más. Bajo el sol de un domingo de verano en Florida, con música de fondo y la sombra generosa de un árbol de mango — sin mangos — hice tiempo mientras mi amigo terminaba de convencer a su esposa.
En esa espera apareció Claudio. Salía de su casa, cruzando la misma portería, en su camioneta. Se fijó en la moto naranja y, sin bajarse del carro, empezó a hablarme — yo, todavía con el casco puesto y el vallenato a todo volumen, tratando de leerle los labios. Los carros detrás no dejaron que la conversación avanzara mucho más allá de lo esencial: era policía, iba para su turno, intercambiamos números para rodar juntos algún día.
La fila avanzó. Claudio siguió su camino. Y por fin, mi amigo salió en su Honda Rebel 500.
Días después, comparando motos, Claudio me abrió las puertas a sus grupos moteros. Desde ahí empezamos a buscar cómo servirnos el uno al otro — dos extraños, muy distintos, unidos por la misma pasión.
Hoy esa conexión se convirtió en esto: un viaje que queremos compartir con quienes entienden lo mismo que nosotros entendimos ese domingo — que a veces la mejor planeación es la que te lleva a la aventura correcta.